Bosquejo expositivo del libro de Job

Notas preliminares a Job

 

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Demasiados lectores de la Biblia evitan estudiar el libro de Job, con la excepción tal vez de los dos primeros y el último capítulos, que son realmente dramáticos. El resto del libro parece a primera vista una colección de largos discursos poéticos y la conversación nunca parece progresar mucho. Una lectura cuidadosa del libro de Job, sin embargo, le revelará que su muy moderno mensaje trata con un problema que los creyentes enfrentan continuamente.

I. El libro

Al estudiar el libro de Job tenga presente estos hechos: (1) Es un libro oriental, lleno de pensamientos y expresiones de los orientales. (2) Es un libro poético (excepto los capítulos 1–2 y 42.7–17) y la poesía hebrea es muy diferente a la poesía occidental. (3) Este libro lucha con un problema difícil, la presencia del sufrimiento en un mundo donde Dios rige. Estas tres características hacen el libro de Job difícil de leer e interpretar, pero no debemos ignorarlo.

II. El hombre

Job no fue un personaje ficticio, inventado para este poema dramático; fue un hombre real en la historia. Ezequiel lo menciona (Ez 14.14–20) y también Santiago (Stg 5.11). Job fue un hombre justo, rico y con una sincera preocupación por las necesidades de los demás. No obstante, también fue un hombre confundido, porque no podía explicar por qué Dios le permitía atravesar tanta aflicción.

III. El tema

La mayoría de las personas dice que el tema de Job es la antigua pregunta:

«¿Por qué un Dios amante y justo permite que el justo sufra?»

Pero si este es el tema del libro, ¡la pregunta nunca recibe respuesta! El tema se expresa mejor: «¿Cómo sufre el justo?»

En apenas pocos días Job perdió su negocio, su riqueza, su familia (excepto su esposa) y su salud.

¿Por qué ocurrió esto? Sus tres amigos llegaron a la conclusión de que Job en realidad era un hipócrita, que había pecado oculto en su vida y que Dios lo estaba castigando. Job insistía en que no sabía de algún pecado oculto, de modo que ellos siguieron argumentando con él.

Por favor, note que en 2.3 Dios indica claramente que no tenía ninguna causa contra Job. Y en 42.7 Dios reprende a los tres amigos por no decir la verdad en cuanto a Él. Job no era ningún hipócrita, aun cuando (como cualquiera de nosotros) había campo para mejoras en su vida; y esto lo admitió al final (42.1–6).

Es cierto que Dios castiga cuando sus hijos persisten en pecar (Heb 12.1–13) y que este castigo es evidencia de su amor. Es también cierto que el malo tiene su alegría hoy, pero que pronto será cortado (Sal 37; 73). Mas ninguno de estos hechos suplió la necesidad en la vida de Job.

Sin embargo, Dios tenía propósitos divinos al permitirle a Job que sufriera. Por un lado, le reveló por medio de Job a Satanás y a sus ángeles el testimonio de un hombre de fe. (Sólo en la eternidad descubriremos cuánto han aprendido los ángeles mediante la vida de los santos; véanse Ef 3.9–10 y 1 P 1.12.) La principal lección en Job es esta: Dios es completamente soberano al tratar con su pueblo y nunca permitirá que le venga a la vida del cristiano obediente nada que no sea para su bien y para la gloria de Dios.

Él no tiene que explicarnos sus caminos. Es suficiente que sepamos que Él se preocupa y que nunca se equivoca. No vivimos por explicaciones; vivimos por promesas. El libro de Job nos muestra cómo debe sufrir el justo. «Habéis oído de la paciencia de Job» (Stg 5.11).

IV. Los amigos de Job

Cuatro hombres intervienen en este drama, todos amigos de Job. Téngase presente que los sucesos de este libro abarcan varios meses (7.3) y que los amigos y vecinos hablaban respecto al caso de Job (6.15; 12.4; 16.10; 17.1–9). Elifaz de Temán fue el primero en hablar y basó sus ideas en una «experiencia espiritual» que tuvo una noche (4.12–16). Bildad era un «tradicionalista» que conocía unos cuantos «dichos sabios» y trataba de edificar su caso alrededor de ellos.

Como Elifaz, estaba seguro de que Job era un hipócrita. Zofar era muy dogmático y estaba seguro de que sabía más acerca de Dios que ningún otro. Cada uno de estos hombres discutió con Job y él replicó. Al final (caps. 32–37), apareció una nueva voz, la del joven Eliú, que esperó que los ancianos terminaran de hablar antes de presentar sus ideas.

En tanto que los tres ancianos insistían en que Dios siempre bendice al justo y juzga al malo, Eliú dijo que Dios algunas veces disciplina (no castiga) al justo por su voluntad. Le pidió a Job que se sometiera a Dios y confiara en Él, pero su actitud era todavía la del juez y crítico. Cuando Dios en efecto apareció, ¡no hizo ninguna referencia a los grandes discursos de Eliú!

V. La bendición de la paciencia

El libro de Job no nos da una «respuesta de cajón» al problema de por qué sufre el justo. Sin duda Job fue un mejor hombre después que sus aflicciones pasaron, porque el sufrimiento puede tener un efecto purificador si nos sometemos al Señor. Santiago 5.11 elogia a Job por su paciencia, que literalmente significa «fidelidad bajo prueba».

(La palabra «paciencia» puede ser mal entendida, ¡porque sin duda Job se impacientó con sus amigos y sus circunstancias!) Job mantuvo su fe en Dios y creyó que al final Él le vindicaría. Y lo hizo. Tal vez esta es la más grande lección del libro: Dios es completamente soberano en nuestras vidas y no tiene que explicarnos sus caminos.

Dios realiza sus propósitos (Ro 8.28) y esto es todo lo que importa. Cuando las pruebas vienen, no debemos preguntar: «¿Cómo me libro de esto?», sino: «Señor, ¿qué puedo sacar de esto?»

Job 1–3

La tierra de Uz estaba quizás en lo que nosotros conoceríamos como el norte de Arabia. El hombre más grande de todo el oriente vivía allí: se llamaba Job. Veamos cuán grande era.

I. La prosperidad de Job (1.1–5)

En todo sentido Job era un hombre rico. Era rico en carácter, porque era «perfecto y recto». No era sin pecado, sino que era sincero y obediente ante el Señor. Temía a Dios, no con terror, sino con confianza humilde y se apartaba del mal. También era rico en cuanto a familia, tenía siete hijos y tres hijas.

Las familias numerosas (en especial de muchos hijos) eran grandemente deseadas en el Oriente. Nótese en el versículo 5 que Job tenía una preocupación espiritual por sus hijos e hijas, y que oraba por ellos ante el altar. Qué afortunados eran estos hijos al tener un padre consagrado.

En cuanto a la esposa de Job, no parece tener la fe y la sabiduría que Job poseía (véase 2.9–10), aun cuando podemos entender que ella prefería ver a su esposo muerto antes que tener que soportar tal dolor. Al final, sin embargo, Dios demostró que ella estaba equivocada. Véase también 19.17.

Job era rico en posesiones y tenía «muchísimos criados». Su ganado se contaba por miles. Es cierto que Dios lo bendijo y Job alababa sin vacilación a Dios por todo lo que Él había hecho. Pablo escribió: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia» (Flp 4.12). La mayoría no tenemos problemas en acudir a Dios cuando estamos «abatidos» y las cosas marchan mal, pero cuán difícil es servir a Dios y recordarle cuando las cosas prosperan. Job no permitió que su dinero y posesiones ocuparan el lugar de Dios.

II. La adversidad de Job (1.6–2.13)

A. La primera acusación y ataque de Satanás (1.6–22).

 

Satanás tiene acceso al cielo y debe «reportarse» a Dios. Véase Apocalipsis 12.7–12. En el cielo Satanás acusa a los santos ante Dios; véase Zacarías 3. ¡Gracias a Dios por nuestro Abogado en el cielo, Jesucristo el Salvador (1 Jn 2.1–2)! Sin que Job lo supiera, Dios y Satanás discutían su caso. Si Job hubiera sabido de esta conversación no hubiera habido campo para la duda ni la preocupación. Hubiera sabido que Dios estaba usándolo como arma para refutar las mentiras de Satanás.

Pero no sabía lo que ocurría en los concilios de los cielos; por consiguiente, tenía que tomar sus pruebas por fe. Satanás admitió que había estado yendo y viniendo por la tierra (véase 1 P 5.8–9), y Dios le mostró a Job como «evidencia A» de lo que un hombre consagrado debería ser.

Pero de inmediato Satanás, el cual jamás concuerda con la Palabra de Dios, acusó a Job de ser un hipócrita. «La única razón que Job tiene para ser tan obediente es su riqueza. ¡Quítasela y te maldecirá en tu misma cara!» Nótese que los creyentes están «cercados» por el Señor y que Satanás no puede tocarles sin el permiso expreso de Dios.

Véase Lucas 22.31–34. Satanás no es igual a Dios en sabiduría ni en poder. No es todo poderoso, porque  es  un ser creado limitado en poder. No está en todas partes; está limitado a un lugar cada vez. Y  no lo sabe todo; porque si hubiera sabido cómo, acabaría esta competencia, nunca se hubiera embarcado en ella. Satanás tiene a este mundo en sus manos (1 Jn 5.19), pero «mayor es aquel que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Jn 4.4). En el momento que recibió el permiso divino Satanás salió para atacar las posesiones personales de Job y en breve Job quedó en extrema pobreza.

Nótese que Satanás usó cosas comunes para atacar a Job: ejércitos enemigos, fuego y un viento huracanado. Los amigos de Job pensaron que estas fuerzas destructivas vinieron de Dios cuando en realidad venían por acción de Satanás. Es más, un hombre llamó al fuego (quizás rayos) «el fuego de Dios» (1.16). ¿Cómo respondió Job? Lamentó sus muertos y adoró a Dios. «Jehová dio» (esto es fácil decir) «y Jehová quitó» (esto es duro decir). «Sea el nombre de Jehová bendito» (requiere fe real decirlo).

B. La segunda acusación y ataque de Satanás (2.1–13).

 

Piense en cómo los ángeles del cielo alabaron a Dios cuando vieron que Job permaneció fiel. ¡Qué reproche para Satanás! «Todavía retiene su integridad», le recordó Dios a Satanás (2.3).

Pero Satanás tenía otra mentira en su lengua: «Déjame tocarle su cuerpo y darle dolor, y verán cuán fiel es». Dios se lo permitió, pero limitó a Satanás de nuevo, porque este (que tiene el poder de la muerte cuando Dios se lo permite) no puede ir más allá de la voluntad de Dios.

No sabemos en qué consistía la «sarna maligna» de Job; tal vez alguna forma de lepra o elefantiasis. En cualquier caso, era en extremo dolorosa y su apariencia horrible (19.13–20), y parecía que no había esperanza.

Su esposa no podía verle sufrir y en un momento de incredulidad sugirió que maldijera a Dios y se quitara la vida (vv. 9–10). La palabra «mal» en 2.10 no significa «pecado», porque Dios no es el autor del pecado. Significa «calamidad, aflicción». Dios en efecto permite calamidades en nuestras vidas.

Entonces tres amigos de Job se pusieron de acuerdo para venir a consolarle y se sentaron en silencio de simpatía durante una semana después de llorar con él y unirse en sus acciones de contrición. Es posible que Satanás tenía su mano inclusive en las palabras y acciones de la esposa y los tres «amigos» de Job. Satanás usó a Judas, Pedro y a Ananías y Safira. No cabe duda que pudo usar a los bienintencionados amigos de Job.

III. La perplejidad de Job (3)

 

No se malentienda este capítulo; Job no maldijo a Dios como Satanás predijo que lo haría (1.11; 2.5), o como su esposa le sugirió que hiciera (2.9). Es bueno saber que Satanás no puede predecir el futuro. Lo que Job maldijo fue su nacimiento; deseaba no haber nacido. Sentía que hubiera sido mucho mejor haber muerto al nacer que vivir para soportar tal aflicción.

La descripción que Job da de la tumba en los versículos 13–19 debe suplementarse con la revelación que tenemos en el NT. Job no sugiere que todos los hombres, pecadores y santos por igual, van a un lugar de descanso y bendición; porque sabemos que el perdido muere y va a un lugar de castigo, en tanto que los creyentes van de inmediato a la presencia de Dios. «¡De seguro que nací para algo mejor que esto!», es lo que Job dice. Estaba perplejo; no sabía el propósito de Dios en este sufrimiento.

En los versículos 20–24 Job pregunta: «¿Por qué miserables como yo viven después de todo? ¿Logra algo nuestra miseria? Quisiera morirme, pero la muerte no viene». ¿Consigue algo el sufrimiento? Cuando nos sometemos a Dios, sí; lo logra.

El sufrimiento obra por nosotros, no contra nosotros (léase 2 Co 3.7–5.9). Job no podía ver «el fin [propósito] del Señor» (Stg 5.11); nosotros podemos verlo porque vislumbramos la corte celestial.

Los versículos 25–26 indican que Job había pensado con frecuencia respecto a las pruebas y temía que tendría que enfrentarlas. Era un hombre próspero y se había preguntado lo que haría si perdiera su riqueza y su salud. No vivía en una seguridad carnal de paz falsa, porque su fe estaba en Dios y no en sus posesiones. «¡Sin embargo, los problemas vinieron!» No seamos duros con Job a menos «que nos sentemos donde él estuvo».

En medio de la prosperidad es fácil confiar en Dios, pero cuando lo perdemos todo y nuestro dolor es tan intenso que queremos morir, ejercer fe es otra cosa. Por favor, recuerde que Job no maldijo a Dios; en ninguna parte del libro, Job lo negó ni puso en tela de juicio su santidad o su poder. Es más, la justicia de Dios era el problema real de Job: ¿Cómo podía un Dios santo permitir tan terrible calamidad?

No debería sorprendernos que un hombre consagrado desee morirse. Moisés le pidió a Dios que le quitara la vida (Nm 11.10–15) debido a la persistente rebelión de la nación y Elías pidió morir después de escapar de Jezabel (1 Re. 19). Jonás también quiso morirse (Jon 4.3).

Por favor, note en el capítulo 3 que Job pregunta cinco veces: «¿Por qué?» (vv. 11–12, 23). Job hubiera podido soportar el dolor y el sufrimiento si tan solo hubiera comprendido por qué Dios lo permitía. «¿Por qué?» es una pregunta fácil de hacer, pero no siempre es una pregunta a la que Dios contesta de inmediato. Job debía haberse dado cuenta de que Dios tenía todo el control, que estos hechos eran parte de un plan de amor y que un día Él le revelaría sus propósitos.

Cuando usted se quede perplejo por las pruebas de la vida, recuerde que Dios está aún en el trono. Véase en Job 23.10 una expresión de la fe de Job: «Mas Él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro». Job estaba atravesando el horno. Pero cuando uno de los hijos de Dios está en el horno, Dios está allí con él (Is 43.1–2; Dn 3.25).

Job 4–37

No podemos examinar cada capítulo en detalle, porque estos capítulos son demasiado largos y entretejidos. Si los lee en varias traducciones modernas, tal vez le sea posible seguir mejor los argumentos de estos hombres.

I. Los acusadores de Job

Los tres amigos de Job vinieron a consolarle, ¡pero acabaron criticándole! Cada uno usó el mismo argumento de una manera u otra: (1) Dios bendice al justo y aflige al malo; (2) Dios ha afligido a Job; (3) por consiguiente, Job debe ser malo. Por supuesto, tal pensamiento parece lógico, pero no era espiritual.

Los seres humanos mortales somos demasiado ignorantes para comprender a plenitud los caminos de Dios. Encerrar a Dios en nuestras pequeños «casilleros teológicos» es limitarle y hacerle menos que Dios.

Debemos tener presente que estos amigos no tenían la revelación plena que tenemos en el NT, mostrando más completamente que el sufrimiento no siempre es causa de pecado y que mediante nuestra fe en Cristo podemos convertir el sufrimiento en gloria. Es peligroso que los creyentes «expliquen los caminos de Dios» a otros creyentes si no comprenden la Palabra y las sendas de Dios.

En su primer discurso Elifaz argumenta que Job es un pecador (4.7–11). Basa su pensamiento en una visión especial que una vez recibió (4.12–21), de modo que podemos decir que Elifaz parte de una experiencia personal: los crudos «hechos de la vida». Bildad toma el argumento en 8.1–7 y sin rodeos afirma que Dios no hace nada injusto. En 8.8–10 Bildad arguye a partir de la tradición y entonces cita una serie de «dichos antiguos» para apoyar su argumento.

Zofar reprende a Job en el capítulo 11, ¡y le dice que necesita arrepentirse y arreglar las cuentas con Dios! Los tres «amigos» cometieron las mismas equivocaciones: (1) no entraron en la aflicción de Job ni mostraron simpatía hacia él; (2) tenían un concepto rígido de Dios y sus obras, concepto que no era completamente verdad; y (3) eran demasiado dogmáticos y arrogantes como para escuchar a Job y examinar con sinceridad sus creencias.

El problema del sufrimiento humano es demasiado hondo y completo para las respuestas simples que dieron los tres amigos. Jesús jamás pecó y, sin embargo, ¡sufrió más que cualquiera otra persona! Ni Job ni sus amigos sabían de la conferencia en el cielo, ni de que Dios usaba a Job como «evidencia A» ante Satanás y los ángeles, para demostrar que las personas confiarán en Dios aun cuando no comprendan lo que Él hace.

Los amigos llamaron «hipócrita» a Job (8.13; 15.34; 20.5; 34.30); Dios le llamó «perfecto y recto» (1.8; 2.3). Job no regatearía con Dios tan solo para recuperar su prosperidad material, porque su mayor capital era su integridad personal.

En 2.3 Dios aclara que no tenía razón para afligir a Job, que este no era hipócrita ni pecador. Es por eso que Dios rechazó el discurso de Eliú (38.1–2) y los discursos de los otros tres (42.7).

Mientras que los tres amigos argüían que los sufrimientos de Job era un castigo por el pecado, Eliú tenía una idea diferente (caps. 32–37): Dios envía sufrimiento para castigarnos y enseñarnos (33.9–20; 35.10–16). Eliú muestra una perspectiva más elevada de Dios y en sus discursos recalca hermosamente el poder y la sabiduría de Dios; léase en especial el capítulo 37. Pero fracasa al no ayudar a Job y Dios mismo reprocha a Eliú por su «consejo oscuro» (38.1–2).

II. Los argumentos de Job

Después que cada hombre hablaba, Job replicaba, excepto en el caso de Eliú, donde Dios mismo intervino para responder. Los argumentos de Job eran más o menos como sigue: (1) creo que Dios es justo y poderoso, así como vosotros creéis; (2) pero no soy ningún hipócrita; sé que no hay pecado entre mí y Dios; (3) argumentaría mi caso ante Dios, pero no puedo hallarle; (4) sin embargo, confiaré en Él, porque Él me vindicará ya sea en esta vida o en la venidera.

Requirió gran cantidad de fe de parte de Job argüir así a la luz de las circunstancias. No sorprende que Santiago 5.11 recalca la paciencia de Job.

Los tres amigos argüían que Dios siempre aflige al malo, ¡pero Job les recalcó que los malos parecían prosperar!

En el capítulo 18 Bildad da un cuadro de una terrible destrucción del malo como una luz que se apaga (vv. 5–6), un ave atrapada (vv. 7–10), un criminal perseguido (vv. 11–13), una tienda derribada (vv. 14–15) y un árbol que se seca (vv. 16–17).

Entonces, en el capítulo 20 Zofar arguye que la aparente prosperidad de los malos es sólo pasajera. En el capítulo 21 Job rechaza sus argumentos y destaca la obvia salud y riqueza de los malos.

En el capítulo 24 Job pregunta: «¿Por qué Dios no interviene y hace algo respecto al pecado?» Hace una lista de pecados de los malos y en el capítulo 31 hace un recuento de su vida consagrada. Los tres amigos quedan en silencio porque saben que los argumentos de Job son razonables. El locuaz discurso de Eliú no añade nada a la solución del problema.

III. Las apelaciones de Job

Los versículos más importantes son lo que indican las apelaciones del corazón de Job a Dios y a sus amigos.

 

A. Apela por simpatía.

 

Sus amigos no mostraron ni amor ni comprensión; para ellos Job era un problema teológico, no un santo sufriente (véase Jn 9.1–3). En el capítulo 6 Job indica que ha perdido su sabor por la vida (vv. 6–7) y quiere morir (vv. 8–13). Compara a sus amigos con un arroyo que se seca cuando los sedientos viajeros necesitan agua (vv. 14–20). El capítulo 7 nos da varios cuadros de la vida con sus pruebas y su brevedad: una guerra (v. 1, donde «brega» significa «guerra»); esclavitud (vv. 1–5); una veloz lanzadera de tejedor (v. 6); el viento (vv. 7–8); una nube (vv. 9–10; y véase Stg 4.13–17). En 9.25 compara a la vida con un mensajero veloz («correo», véase Est 8.9–14 y en 9.26  ) con una nave veloz.

 

B. Apela por una oportunidad de careo con Dios.

 

En el capítulo 9 Job se queja de que no tiene cómo presentar su caso ante Dios porque no puede hallarle. Nótese en el versículo 33 su apelación por un «árbitro» entre él y Dios. «¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?» (v. 2) significa: «¿Cómo puede un hombre presentar su caso ante Dios?» Gracias a Dios por el Mediador, Jesucristo, ¡quien nos representa ante Dios! Véanse 1 Timoteo 2.5; 1 Juan 2.1–2; y Zacarías 3. Véanse Job 16.19–22; 23.3.

C. Apela a su integridad básica.

 

En cada uno de sus discursos Job niega que sea un pecador en secreto. Conoce su corazón y confiesa que sus amigos cruelmente le han juzgado mal. Hacia el final del libro, cuando Dios se revela a Job, el hombre se postra en polvo y ceniza y confiesa su indignidad (40.3–5; 42.1–6); pero esto no fue una confesión de pecados. Más bien, era humillación ante Dios al darse cuenta de su ignorancia e indignidad ante el Todopoderoso. Dios nunca acusa a Job de pecado. Lo acusa de no percatarse de la grandeza de Dios o tratar de encajar a Dios en los confines de su minúsculo argumento, pero no lo juzga por los pecados de los cuales lo acusan los amigos. Véase en el capítulo 31 la defensa que Job hace de su vida consagrada.

D. Apela a su fe en Dios.

 

Esto es lo que creó el problema: Job confiaba en Dios y sin embargo parecía que le había abandonado. Si Job hubiera negado alguna vez a Dios o maldecido a Dios, el problema hubiera quedado resuelto, porque sus amigos hubieran sabido que Dios castigaba a Job por su incredulidad. Pero Job tenía fe. «Aunque Él me matare, en Él esperaré» (13.15). «Sé que seré justificado [vindicado, demostrado ser veraz]» (13.18). Tan grande era la fe de Job que afirma que Dios le vindicará en la resurrección, en la vida venidera, si no lo hace en esta vida (19.25–29; 14.1–14). Job sabía que Dios obraría con algún propósito, pero pensaba que Él debía decirle lo que estaba haciendo (véase cap. 23). Por supuesto, si Job hubiera sabido acerca de la conferencia en el cielo entre Dios y Satanás, no hubiera necesitado la fe.

E. Apela para morirse.

 

Desde la primera queja en el capítulo 3 hasta el final del argumento, Job pide morir. Léase 6.8–12 y 7.15–21. No hay que criticar demasiado a Job por desear la muerte. Sufría gran aflicción física; sus amigos y vecinos lo insultaban (cap. 30); y parecía que Dios lo había abandonado. Moisés, Elías y Jonás cayeron en el mismo error.

Los caminos de Dios están por encima y más allá del entendimiento de los mortales. Incluso Job admitió: «He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos»; literalmente: «Estas cosas no son sino los bordes de sus caminos, el borde de su vestidura». Dios es mucho más grande que la teología del hombre. Cuando no podemos entender, podemos adorarle y confiar en Él.

Job 38–42

¡Ahora llegamos al clímax del libro y Dios mismo entra en escena! En 9.35, 13.22 y 31.35–37 Job desafió a Dios que apareciera y hablara con él cara a cara, y ahora Dios hace precisamente eso. Lo primero que Él hace es barrer con las ideas vanas de Eliú, quien oscureció los propósitos de Dios y no arrojó ninguna luz adicional en la situación. Ahora Dios procede a tratar con su siervo Job de una manera personal.

I. Dios humilla a Job (38.1–42.6)

 

Dios le hace a Job una serie de preguntas sencillas respecto al universo y su operación. «Puesto que parece que sabes tanto acerca de Dios, ¡déjame preguntarte si podrías o no manejar el universo que hice!» Este parece ser el principal enfoque de estos capítulos. «Me lanzaste un desafío; ¡ahora yo te voy a lanzar uno!»

Dios empieza con la creación (38.4–11). Por supuesto, no hay «cimientos» para el globo; Dios usa un lenguaje figurado, no términos científicos.

Es más, Job 26.7 claramente indica que el mundo cuelga sobre la nada y esto se escribió en un día cuando los eruditos pensaban que gigantescas tortugas y otras criaturas sostenían el mundo.

Y 26.10 enseña la esfericidad de la tierra: «Ha trazado un círculo sobre la superficie de las aguas, en el límite de la luz y las tinieblas» (BLA).

Este versículo también enseña que una parte del globo está en luz mientras que la otra parte está en oscuridad. Job 38.7 se refiere al regocijo de los ángeles cuando Dios creó el universo.

En 38.12–15 Dios le pregunta a Job respecto a la salida del sol y de la luz que se esparce; en 38.16–21 inquiere respecto a las medidas de la tierra y del mar. ¡Cuán insensato pensar que un simple ser humano pudiera medir la creación de Dios!

Entonces Dios se refiere a la naturaleza inanimada: la nieve y el granizo, la lluvia y el hielo (38.22–30). La frase del versículo 22: «los tesoros de la nieve» habla de las minas escondidas donde Dios almacena la nieve y el granizo.

Sin embargo, hay un sentido real en el cual la nieve contiene tesoros, porque la nieve contribuye a captar los nitratos del aire y depositarlos en la tierra. ¡Qué hombre querría la responsabilidad de decidir cuándo debe llover o nevar! Sólo Dios puede gobernar este universo y hacer que todo funcione en armonía. En 38.31–38 Dios pregunta respecto a las estrellas y constelaciones, así como acerca de las nubes y la lluvia.

Luego pregunta respecto a la vida animal (38.39–39.30). ¿Caza el hombre una presa para alimentar a un león? ¿Dependen los cuervos del hombre para su alimento? Jesús responde a esto en Lucas 12.24. Las cabras monteses en las montañas, los asnos salvajes en las llanuras y los bueyes salvajes («búfalos» en 39.9–10), todos miran a Dios para que les proteja y provea para ellos.

Incluso el tonto avestruz, que a menudo se olvida dónde está su nido, disfruta del cuidado del Todopoderoso (39.13–18). El versículo 18 es un recordatorio de la gran velocidad del avestruz. En 39.19–25 se muestra al caballo al enfrentarse al enemigo en la guerra; y en 39.26–30 se mencionan al halcón y al águila. Por dondequiera que Job mire a la creación animada, ve la mano de Dios obrando.

«Ahora», le dice Dios, «me has reprochado y argüido conmigo. ¡Dame tu respuesta!» Hay sólo una respuesta que Job puede dar (40.3–5): «Soy vil; he hablado demasiado acerca de cosas que no comprendo. No diré nada más».

Este es un paso más cerca a la bendición, pero Job todavía no se ha arrepentido de la manera en que habló respecto a Dios. De modo que Dios vuelve a preguntar y esta vez enfoca la atención sobre dos grandes bestias: el hipopótamo («behemot», 40.15–24) y el cocodrilo («leviatán», cap. 41).

Estas dos bestias se admiraban y temían en los días de Job, aun cuando ninguna era nativa de Palestina. La palabra hebrea para «behemot» sencillamente significa «bestia grande», pero la mayoría de los estudiosos opinan que se refiere al hipopótamo.

Sin duda Job no podía enfrentarse a tal bestia, ¡mucho menos crearla! De la misma manera el cocodrilo; Job ni siquiera se atrevería a pescarlo, atarlo ni tenerlo como mascota (41.1–8). «¿Quién, pues, podrá estar delante de mí?», pregunta Jehová, «¡porque el Creador es por cierto más grande que la criatura!» «Estornudos» en el versículo 18 se refiere al resoplido del cocodrilo.

Partiendo de los versículos 18–21 algunos eruditos sugieren el chorro que lanza la ballena. En cualquier caso, todo el capítulo sirve para revelar la grandeza de las criaturas de Dios y, por consiguiente, la grandeza de Dios.

¿El resultado? Job se humilla y se arrepiente (42.1–6). Dios no acusa a Job de los pecados que sus amigos lo acusaban de haber cometido, pero Dios sí le acusa de no verse a sí mismo a la luz de la grandeza y majestad de Dios. La experiencia religiosa de Job no es más de segunda mano; se ha encontrado personalmente con Dios y esto hizo que sus sufrimientos bien valieran la pena.

II. Dios honra a Job (42.7–14)

 

Ahora que Job se ha humillado, Dios puede exaltarlo (1 P 5.6; Stg 4.10). Lo primero que Dios hace es reprender a los amigos. Le habla a Elifaz porque evidentemente era el mayor de los amigos y por lo tanto el más responsable. Dios aclara que sus muchos argumentos estaban errados; no comprendían ni a Dios ni a Job. Les ordena a los amigos que ofrezcan holocaustos e instruye a Job que ore por ellos.

Debe haber exigido gracia de parte de Job orar por hombres que lo trataron con tanto rigor, pero era un hombre de Dios y lo obedeció. Dios «convirtió la cautividad de Job» cuando oró no por sí mismo, sino por sus amigos. Dios le curó su cuerpo.

Después de reprender a los amigos de Job, Dios entonces restaura las riquezas de Job. Dios sabía que podía confiarle a Job fortuna y prestigio porque era un siervo humilde. Nótese que en los versículos 7–8 Dios lo llama cuatro veces «mi siervo Job». Dios le dio a Job el doble de lo que tuvo antes.

Compárese 1.3 con 42.12. Dios no le dio a Job otros catorce hijos y seis hijas (el doble de lo que tenía antes, 1.2), porque los diez hijos que murieron aún vivían en el cielo. Job no los había perdido. Así, Dios le dio a Job siete hijos y tres hijas, y el gran total era el doble del número de hijos que tuvo antes.

Una vez restaurada su fortuna, los amigos y conocidos de Job regresaron a él para consolarle y animarle. Algunos de ellos, sin duda, le criticaron y juzgaron en el pasado, pero ahora todo había pasado. Le trajeron regalos, tal vez como evidencia de sincera lamentación por las equivocaciones del pasado. Era costumbre en los países orientales que las personas intercambiaran regalos en ocasiones festivas.

Los nombres de las hijas de Job son interesantes: «Jemima» quiere decir «paloma»; «Cesia» quiere decir «canela»; y «Keren-hapuc» quiere decir «pomito de pintura de ojos» o «pomito de cosméticos». Cada uno de estos nombres indican que las muchachas eran atractivas y honorables. Job incluso les dio herencia entre sus siete hermanos.

Job vivió 140 años, lo cual sugiere (debido al doble de todo) que debe haber tenido setenta años cuando ocurrieron estos sucesos.

Por supuesto, no cada santo que sufre en la voluntad de Dios (1 P 3.17) va a ser honrado así en esta vida.

La principal lección del libro de Job no es que usted será rico y poderoso cuando se acabe el sufrimiento, sino más bien que el Todopoderoso Dios tiene un propósito con el sufrimiento y que nada puede desviar ese propósito. Incluso Satanás debe someterse al control de Dios, porque Dios siempre escribe el último capítulo. Job no sufrió por los pecados, sino que su sufrimiento le hizo un mejor hombre.

Dios le dio gran honor después de su sufrimiento, como testimonio en una edad cuando no había Biblia escrita para enseñar a la gente la verdad divina. Los cristianos que sufren durante esta edad presente tal vez no serán recompensados aquí, pero sí lo serán en el más allá.

Véanse Romanos 8.18–39; 2 Corintios 4–5; y 1 Pedro 4.12–19.

El secreto de la vida de Job fue la paciencia (Stg 5.11); confió en Dios a pesar de Satanás, las circunstancias, los amigos y los seres queridos. Su fe en ocasiones fluctuó y algunas veces acusó a Dios, pero sin embargo se sostuvo «como viendo al invisible».

 

Sara 

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