Clamando por tener amigos

¿Clamando por tener amigos ?

 

Los solteros adultos, los ancianos, los viudos y los divorciados, por norma general, se sienten muy solos.

Hace unos días, una hermana me confesaba cuán difícil es tener amigos cristianos.

Quiero llamar la atención y romper el silencio sobre un hecho que se está pasando por alto y al que hay que poner remedio: los solteros adultos, los ancianos, los viudos y los divorciados, por norma general, se sienten muy solos.

Es un mal endémico, siendo la realidad que experimentan muchos cristianos de buena fe.

Se sienten aislados e invisibles, donde a nadie les importa cómo están.

Parece que lo único que importa es que se congreguen, sean miembros de la iglesia local, participen de las diversas actividades y de algún ministerio.

Por eso se ofenden –y con razón- cuando, tras varias semanas sin aparecer por alguna razón, les dicen que les echaron de menos, cuando en ese tiempo nadie se molestó en visitarles ni en llamarles por teléfono.

Cuando se reúnen en el lugar de la predicación, todo son abrazos, saludos, qué tal estás y que Dios te bendiga.

Ahí acaba todo. Muchos ya no saben qué hacer después de haberlo intentado todo.

Están cansados.

Quieren quedar con hermanos y éstos siempre les dan largas: “ya quedaremos”, “a ver si nos vemos”, “estoy muy ocupado”, “te avisaré cuando pueda”.

Ni quedan, ni les ven, ni les avisan. Ante tanta evasiva, terminan por desistir en sus intentos.

Les resulta descorazonador y frustrante.

Los pastores están tan cargados (predicaciones, estudios, la familia, etc.), que no tienen tiempo para otros menesteres.

Los matrimonios tienen sus propias vidas, y las parejas de novios salen con otras parejas, dejando a un lado progresivamente a las viejas amistades.

Sé que no es fácil, que el tiempo es limitado, que tienen que descansar y que las responsabilidades son las que son, pero también es cierto que viven en su propio mundo, en sus propias casas cerradas, tienen su círculo y no se esfuerzan mucho por hacer partícipes de sus vidas.

Esto conduce a muchos a cambiarse de congregación, encontrándose con el tiempo en la misma situación. Otros se marchan sin que nadie sepa exactamente el porqué.

La realidad es que prefieren pasar su tiempo de otras maneras, sirviendo al Altísimo de formas diversas, y estando en compañía de sus familiares o inconversos –con los que se sienten más cercanos emocionalmente-, antes que rodeados de creyentes ante los cuales experimentan una melancolía y soledad tan profunda que les enferma el ánimo y la salud.

Ante todo esto, la solución que muchos aportan es “búscate una novia” o “sirve al Señor que ya Él pondrá alguien en tu camino”.

Dichos remedios caseros y pociones mágicas, la Biblia muestra que grandes hombres y mujeres de Dios no estaban casados.

Es una falacia que se les diga a muchas mujeres que no hay propósito en sus vidas más allá del matrimonio, como si fueran cristianas de segunda categoría.

Es un terrible error vender la soltería como una enfermedad que conlleva el fracaso.

No entiendo cómo el concepto secular de la “media naranja” se ha infiltrado en el cristianismo, cuando somos una “naranja completa”.

La pareja puede “complementar”, pero no “completar”, ya que en Cristo estamos “completos” (Colosenses 2:10).

¿Qué sucede al final? Que, ante todo lo reseñado y la consecuente presión, muchos se precipitan y se embarcan en matrimonios infelices –a veces incluso en yugo desigual-, de los cuales un alto porcentaje acaban en divorcio.

 ¿Qué necesitan ?

 

No necesitan que les hagan de Celestina ni que se les diga que cuando tengan pareja entonces saldrán todos juntos. Tampoco  que se hagan bromas a su costa ni que los encasillen en diversos prejuicios.

No desean amistades en las redes sociales, que son frías e ilusorias. No quieren ser un apéndice más.

Si “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

Tampoco se debería tratarlos como si fueran una especie o grupo aparte, sino como iguales.

¿Por qué hay cenas, retiros, conferencias para padres, meriendas para madres, el “mes de la familia”, y para el resto de adultos las sobras o simplemente nada? ¿Acaso irán a campamentos para adolescentes, donde evidentemente no encajan ni con calzador?

Necesitan la presencia física de hermanos que los involucren en sus vidas y les hagan un hueco significativo, mucho más allá del culto de fin de año, de las reuniones especiales y de los dos días al año que van alguna excursión. 

Quieren  escuchar y que los escuchen.

Hablar y que les hablen ,  mirar a los ojos y que les miren.

  Abrir las puertas de sus casas y que se las abran. 

Compartir una comida y tomar un café sin prisas para reírse de la vida y llorar los sinsabores, hablando de todo lo humano y lo divino.

Añoran  pasar tiempo de calidad.

Abrir sus corazones y que se los abran.

Que les propongan planes.

Quieren pasar tiempo caminando con ellos por el campo o en la playa sin multitudes.

Necesitan poder interesarse por otros y que se interesen por ellos en profundidad.

En definitiva, necesitan “amigos”, y que la “amistad” y “familiaridad” no se limite a las cuatro paredes del lugar de predicación, o que queden con ellos una vez cada cuatro meses, sino que sea auténtica, verificable, profunda y de calado, semana a semana.

Esta es la única manera en que la hermandad entre cristianos sea real.

Si el cuerpo de Cristo no es capaz de ofrecerlo, la alternativa es la soledad.

Los pastores deben tratar este tema con empatía, seriedad e insistencia ante la Iglesia, que debe tomar conciencia real de la problemática y concederle la importancia que tiene, antes de que sea demasiado tarde.

Y, entre todo el cuerpo, tomar iniciativas, en lugar de mirar para otro lado –cayendo en el principio imperante de la sociedad individualista-, cuando ese no es el deseo de Dios. 

Jesús Guerrero -Autor

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