El aguila miedosa

Mis ojos aún continúan intentando acostumbrarse a los rayos del sol. He escuchado ruidos, sonidos de voces durante mucho tiempo, pero aún no me he atrevido a salir.

Yo fui la última en romper el cascarón. Y es que allí dentro se estaba tan bien… Sí, estaba muy oscuro, pero era calentito, seguro, tranquilo,… era mi sitio, el lugar en el que me sentía cómoda y parecía que nada ni nadie podía tocarme o desestabilizarme.

Aquel día, cuando di el primer picotazo, vi cómo la luz se abría paso a través de la pequeña rendija que yo misma había creado sin poder dar marcha atrás. Después, continué tímidamente, sin que nadie me ayudara a salir y allí, frente a mí, vi a mis hermanos levantando el vuelo sin ningún temor (o, al menos, eso es lo que a mi me parecía). “Alguien les habrá enseñado” – me decía a mí mismo. Así que allí me quedé, esperando que alguien me enseñara a mí también.

Pasaron los días, los meses, los años, pero el momento de la clase de vuelo no llegaba, y ahí continuaba yo, acurrucado en mi nido, bajo las alas de mamá, viendo cómo mis hermanos eran capaces de salir solos, hacer amigos y hasta de buscar comida. Algunas veces me habían invitado, pero mamá siempre les decía: “Dejad a vuestra hermana, ¿es que no sabéis que él no puede volar?” Y yo me quedaba tan contenta y feliz allí, en mi rinconcito, en el lugar en el que me encontraba segura y resguardada, y me sentía bien por no tener que enfrentarme a los peligros a los que se enfrentaban mis hermanos cada vez que abandonaban el hogar. A veces regresaban heridos o cuando ya era muy de noche, pero en la mayoría de las ocasiones venían contando anécdotas muy divertidas. Era entonces cuando yo me quedaba muy triste, porque lo cierto es que yo no me divertía nada en todo el día.

Poco a poco, casi sin darme apenas cuenta, algo en mí comenzó a cambiar y tuve ganas de saber. Tuve curiosidad por lo que estaba un paso más allá de mi nido y quise salir. Al principio sufría de solo pensar en alejarme de allí, pero… quería hacerlo. Me costó mucho tiempo la sola idea de moverme del lado de mi mamá (a ella no le gustó e, incluso, pensó que no lo conseguiría, que ya era mayor para intentarlo). Me planteaba si mis alas servirían y, dentro de mí, sabía que aunque me iba a costar un tremendo esfuerzo aprender a levantar el vuelo lo iba a conseguir, porque había decidido que quería hacerlo. Me caí muchas veces. Lloré, quise abandonar y volver corriendo bajo esas alas protectoras que siempre me dieron seguridad, pero quería vivir mi propia vida, no quería que nadie continuara eligiendo por mí.

Y aquí me encuentro después de muchos intentos fallidos al borde del nido, a punto de emprender mi aventura en solitario. Nadie me dijo nunca que sería fácil abandonarlo, nadie me dijo que lo pasaría bien, pero sí sé que, a pesar de que tengo miedo a volar, Alguien me ha dicho hoy que no me va a dejar sola cuando despliegue mis alas.

1 Comentario

  1. Eliana

    gracias que linda reflección

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