La princesa y el pobre

Había una vez un hombre normal. Era una persona humilde, de esos que apenas tienen posesiones. De esos a los que la vida no suele tratar bien. Aun así, era un hombre feliz. Su vida transcurría plácidamente sin excesos, aunque las dificultades intentaran que todo se le pusiese cuesta arriba. Era alguien noble, incapaz de pensar que había gente mala en el mundo. Su familia y vecinos lo apreciaban mucho y todo el mundo pensaba que era una buena persona.
Un día, el destino le puso en su campo de visión a una mujer. Melena negra y ojos oscuros. Cuya sonrisa podía hacer resucitar a un cadáver y con una voz que sonaba como el agua de un manantial vertida sobre la calma de una tarde de primavera. El hombre se enamoró perdidamente de ella al instante. En su mente hacía cábalas sobre la suavidad de esa piel que la cubría, pensando que no podía haber en este universo nada que pudiera ser más agradable.
La mujer, que igualmente venía de una familia humilde, también se sintió atraída por él. Ella era buscadora de tesoros. Durante toda su vida se había dedicado a encontrar lo inencontrable. Todo en un afán por salir de la miseria en la que se sentía atrapada. Su avaricia no conocía límites. Era capaz de no comer si con ello conseguía conseguir guardar unas monedas para su gran proyecto. Sin embargo, se enamoró también del hombre y durante un tiempo desatendió su búsqueda. El hombre, que era habilidoso con las manos, le regaló una escultura de madera que representaba a un ángel, que había tallado con sus propias manos. Decía que cuando ella la mirara siempre recordaría el cariño que se profesaban ambos. Eran dos jóvenes enamorados. Cuando estaban juntos el amor se podía atrapar entre los dedos. Todo eran besos, caricias y buenas palabras. Pero, con el tiempo, ella dejó de sentir esa pasión. Volvió a sus tesoros con ahínco. Desatendía a su amante, pero al final consiguió encontrar lo que buscaba. Y así, se convirtió en la princesa más poderosa de la comarca. El hombre sentía que la estaba perdiendo, pero nada había que pudiera hacer. Ella se rodeó de un grupo de consejeros que, si bien no ponían en su cabeza ninguna idea que no tuviera que estar allí, sí la potenciaban y hacían que se comportara de forma incorrecta con él.
Y todo se derrumbó. Ella dejó de amarlo en algún momento oculto entre las mentiras. Ya no le gustaba que su amante fuera pobre, porque ella era inmensamente rica y pensaba que merecía algo mejor. Lo despreció y lo abandonó a su suerte. El hombre se sintió desolado. Su vida había girado en torno a la princesa demasiado tiempo y ahora se encontraba perdido. Volvió a la chabola en la que había estado viviendo durante tantos años antes de conocerla.
Pasaron meses de sufrimiento y desdicha. El hombre estaba demasiado triste para querer seguir viviendo y sólo estaba interesado en que el tiempo hiciera su trabajo y le quitase definitivamente las ganas de mantener su existencia.
Una mañana, cuando el hombre salió de su humilde morada para asearse en el lago, encontró en el suelo, a la entrada de su casa, un paquete. Era algo envuelto en papel de estraza y amarrado con una fina cuerda de esparto. Su nombre venía escrito en el papel. Con un nerviosismo inusitado comenzó a abrir el paquete. Cuando terminó, el rostro de una escultura de madera tosca lo miraba a los ojos con indiferencia. Era el ángel que había tallado hacía tantos años como una muestra de amor perfecto hacia la princesa, cuando todavía no era tal.
El hombre respiró hondo y una lágrima solitaria recorrió su mejilla hasta estrellarse en aquel suelo polvoriento. Luego, pensó:
-Princesa, me has dado la fuerza que estaba necesitando…
Y en ese instante recordó lo que había leído de niño, en la biblia.
Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores. 1Timoteo 6:10
Y el dolor se convirtió en compasión de la pobre rica princesa que no supo comprender el amor verdadero.

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