Tentaciones

Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

Santiago 1:13-15

Hay que diferenciar entre “prueba ” y “tentación”. Las pruebas son las circunstancias adversas que nos ayudan a desarrollar los frutos del Espíritu ( Galatas5:23-25) y las tentaciones  están hechas para sacarnos de los propósitos divinos. Se debe tener una cosa bien clara. Cuando uno es tentado a pecar, la tentación no procede de Dios. Dios sí prueba  a los hombres por lo que a su fe respecta, pero nunca tienta a nadie a cometer ninguna forma de mal. Él mismo no tiene tratos con el mal, y no seduce a pecar. 

El hombre está siempre dispuesto a pasar a otros la responsabilidad por sus pecados. Si no puede darle la culpa a Dios, adoptará un enfoque de la moderna psicología, diciendo que el pecado es una enfermedad. De esta manera espera escapar del juicio. Pero el pecado no es una enfermedad; es un fracaso moral del que el hombre ha de dar cuentas. Algunos incluso tratan de dar la culpa del pecado a objetos inanimados. Pero las “cosas” materiales no son pecaminosas en sí mismas. El pecado no se origina ahí. Santiago sigue al león hasta su guarida al decir: “Cada uno es tentado, cuando es atraído y seducido por su propia concupiscencia.” El pecado brota de dentro de nosotros, de nuestra vieja naturaleza malvada, caída y no regenerada. Jesús dijo: “porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19). 

La palabra que emplea Santiago para concupiscencia es literalmente deseo y podría referirse a cualquier forma de deseo, bueno o malo. Pero con pocas excepciones se emplea en el Nuevo Testamento para describir malos deseos, y este es ciertamente el caso aquí. La concupiscencia es asemejada aquí a una mala mujer exhibiendo sus encantos y seduciendo a sus víctimas. Cada uno de nosotros es tentado. Tenemos viles deseos y apetitos impuros que constantemente nos apremian a pecar. ¿Somos pues víctimas indefensos, cuando somos atraídos y seducidos por nuestra propia concupiscencia? No!! podemos rechazar todo pensamiento de pecado de nuestra mente y concentrarnos en aquello que es puro y santo (Fil. 4:8). También cuando somos objeto de intensa tentación, podemos clamar al Señor, recordando que “Torre fortificada es el nombre del SEÑOR;
el justo correrá a ella y estará a salvo.” (Pr. 18:10). 

Si esto es así, entonces, ¿por qué pecamos? Aquí tenemos la respuesta: Entonces la concupiscencia, da a luz el pecado. En lugar de expulsar el vil pensamiento, puede que lo estemos alentando, alimentando y disfrutando con él. Este acto de consentimiento es asemejado a la relación sexual. La concupiscencia concibe y nace un repulsivo bebé llamado pecado. Esto es otra manera de decir que si pensamos en un acto prohibido el tiempo necesario, finalmente lo cometeremos. Todo el proceso de la concupiscencia concibiendo y dando a luz el pecado queda vívidamente ilustrado en el incidente de David y Betsabé (2 S. 11:1-27). 

Cuando el pecado es consumado, produce la muerte, dice Santiago. El pecado no es algo estéril, sin fruto: produce su propia descendencia. La declaración de que el pecado produce muerte puede comprenderse de varias maneras: Primero, el pecado de Adán trajo la muerte física sobre sí mismo y sobre toda posteridad (Gn. 2:17). Pero el pecado conduce así mismo a la muerte eterna, espiritual -la separación final de la persona de Dios y de la bendición (Ro. 6:23a)-. Hay también un sentido en el que el pecado resulta para muerte del creyente  y es cuando decide no arrepentirse ni dejar de pecar. Como le dice Pablo a Timoteo “manteniendo la fe y la buena conciencia, la cual algunos desecharon y naufragaron en cuanto a la fe. Entre estos están Himeneo y Alejandro, a quienes he entregado a Satanás para que aprendan a no blasfemar” 1Tim. 1:19-20, es decir rechaza ser moldeado por Dios. 

Oración:

Padre te doy gracias por tu palabra. Decido rechazar cualquier pensamiento que me saque de tus propósitos. Sabiendo que al rechazar la tentación, el diablo huirá de mi. Se que muchas veces peco contra ti , porque aun no soy perfecto/a y en ese instante clamo a ti, te confieso y la sangre de Cristo me limpia de todo pecado y maldad (1Juan 1:9). A partir de ese momento renuevo mis pensamientos y lo reemplazo en acuerdo a tu palabra. Porque deseo ayudar al Espíritu Santo a que cada dia moldee mi carácter en acuerdo al modelo de Cristo.

Lectura para leer : Efesios 4: 1-31

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