Mi corazón reposa en Tus brazos

 

El descanso y reposo 

En descanso y en reposo seréis salvo,

en quietud y en confianza será vuestra fortaleza”.

(Isaías 30:15)

 

¿Como mi corazón puede reposar en los brazos de el Señor?

Hay quienes creen que para permanecer en Cristo es necesario hacer algo por nuestra parte.

Sin embargo, la Biblia nos dice lo siguiente:

“Guarda silencio ante Jehová, y espera en Él” (Sal. 37:7).

“Solamente en Dios descansa mi alma” (Sal. 62:1).

Si queremos colaborar con Dios, debemos rendirnos totalmente a El, como subordinados.. ” Enteramente Suyo , sin reservas.

Porque si el mismo Jesús dependía enteramente del Padre para hacer las cosas, ¿cuánto más dependemos nosotros?

Así, cuando cesamos en nuestro esfuerzo personal, la fe nos asegura que Dios ha emprendido la obra con nosotros.

Y lo que EL  hace es renovar, santificar y despertar nuestras energías a su más alto potencial.

De modo que, en proporción al grado en que nos entregamos  en la mano de Dios, somos usados por EL activamente,

Teniendo una experiencia más profunda de lo que es la vida cristiana.

Comenzando  precisamente con esta quietud del alma; sólo en ella podemos oír el sonido apacible y delicado  del Espíritu enseñándonos. 1Re. 19:12-13

Maria , la madre de Jesús, entendió muy bien el espíritu de sumisión y quietud.

“He aquí la sirvienta del Señor; sea hecho en mí conforme a tu palabra” (Lucas 1:38))

Luego hay otra María, en Betania,  que nos cuenta la biblia . Juan 12:3

Esta era la que estaba sentada a los pies de Jesús y escuchaba su palabra.

La única que ungió a Jesús antes de su muerte con perfume de nardos y lágrimas.

Aprendamos que nuestra mayor obra es escuchar y creer lo que Dios promete; mirar , esperar y ver lo que Él hace .

Luego, por la fe, adoración y obediencia, dejar paso para que el Padre obre sus grandes hechos en nosotros.

La quietud es fuerza,  es la fuente de la más alta actividad, el secreto de todos los que verdaderamente permanecen en Cristo.

Procuremos aprenderlo y vigilemos contra todo lo que interfiera en ello, pues los peligros que amenazan al descanso del alma no son pocos…

Cada uno tiene su llamamiento divino y, dentro del círculo señalado por Dios mismo, el interés en nuestra obra y lo que comporta es un deber.

Pero incluso aquí, el cristiano necesita ejercitar vigilancia y sobriedad.

Esto es, si permanecer en Cristo es realmente nuestro primer objetivo, debemos vigilar toda algarabía innecesaria, a fin de percibir los suaves murmullos del Espíritu Santo.

No menos perjudicial es el espíritu de temor y de desconfianza en las cosas espirituales; con su aprensión y sus esfuerzos, nunca consigue realmente oír lo que Dios tiene que decir.

Sobre todo, hay intranquilidad cuando buscamos a nuestro modo y con nuestra propia fuerza la bendición espiritual que viene sólo de arriba.

El corazón ocupado con sus planes y esfuerzos para hacer la voluntad de Dios y asegurar la bendición de permanecer  en Jesús está destinado a fracasar continuamente.

La obra de Dios es impedida por nuestra interferencia o  lo que es lo mismo.

Dios puede obrar de modo perfecto en nosotros sólo cuando el alma cesa su propia obra y le honra esperando que Él obre tanto el querer como el hacer.

Por todas estas razones, ¡Bienaventurado el hombre que aprende la lección de quietud y plenamente acepta la Palabra de Dios!

Éste no osa empezar a leer la Biblia u  orar sin antes hacer una pausa y esperar, hasta que el alma es acallada ante la presencia de Su Eterna Majestad.

Y bajo este sentido de proximidad divina, el alma, sabiendo que el yo está siempre dispuesto a hacer valer sus derechos, e irrumpe incluso en lo más santo con sus pensamientos y esfuerzos, se entrega en quietud a las enseñanzas y obra del Espíritu Santo.

Una vez más repito:  Somos llamados a estar  en esta calma y sosiego del alma para  que la vida de fe pueda echar raíces profundas.

Y que el Santo Espíritu puede dar sus benditas enseñanzas y que el Padre Santo puede realizar su gloriosa obra.

Que cada uno de nosotros aprenda a decir cada día: “Verdaderamente mi alma está en silencio ante Dios”.

Y que todo sentimiento de dificultad para alcanzarlo  nos conduzca simplemente a esperar y confiar más en Aquel cuya presencia vuelve la tempestad en calma.

Silvina Ardizzi

 

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