Ayudando a Dios

Genesis 16 

Sarai dio a su sierva Agar a Abram como esposa sustituta, una práctica común en ese tiempo.

Una mujer casada que no pudiera tener hijos era avergonzada por sus semejantes y a menudo se le pedía que diera una sierva a su esposo para poder producir herederos.

Los niños nacidos de la sierva eran considerados hijos de la esposa.

Abram estaba actuando de acuerdo con la costumbre de esos días.

Pero esta acción era una falta de fe en la promesa de Dios.

Sarai tomó el asunto en sus propias manos al darle a Agar a Abram.

Como Abram, le costaba creer en la promesa de Dios. De esta falta de fe sobrevino una serie de problemas.

Esto sucede invariablemente cuando queremos ocupar el lugar de Dios en un asunto, y tratamos de hacer que una de sus promesas se haga realidad por medio de esfuerzos que no van de acuerdo con las instrucciones específicas de Dios.

En este caso, el tiempo fue la mayor prueba de la disposición de Abram y Sarai para permitir que Dios supliera sus necesidades.

También, en ocasiones todo lo que tenemos que hacer es simplemente esperar.

Cuando le pedimos a Dios algo, y es claro que tenemos que esperar, aumenta la tentación de hacer algo por nuestra cuenta e interferir en los planes de Dios.

Pese a que Sarai fue la que planeó que Agar tuviera un hijo de Abram, luego culpó a Abram por las consecuencias.

Muchas veces es más fácil culpar a alguien de nuestras frustraciones que reconocer nuestro error y pedir perdón.

(Adán y Eva hicieron lo mismo en Genesis  3.12, 13.) Sarai descargó su ira contra Agar. El trato fue tan cruel que provocó que Agar huyera.

La ira cuando especialmente  surge de nuestras propias fallas, puede ser peligrosa.

Agar estaba huyendo de su ama y de su problema.

El ángel del Señor le aconsejó: (1) que regresara y enfrentara a Sarai, la causa de su problema, y (2) que se sujetara a ella. Esto incluía la necesidad de rectificar su actitud hacia Sarai, aunque estuviera justificada.

El huir de nuestros problemas muy rara vez los resuelve.

Es sabio regresar a nuestros problemas, enfrentarlos, aceptar la promesa de ayuda de Dios, corregir nuestras actitudes y actuar como debemos.

Hemos observado a tres personas cometer errores graves:

(1) Sarai, que tomó el asunto en sus propias manos y dio una sierva a Abram; (2) Abram, el que llevó a cabo el plan pero que, cuando las cosas empezaron a marchar mal, se negó a participar en la resolución del problema; y (3) Agar, que huyó del problema.

A pesar de esta caótica situación, Dios demostró que siempre puede hacer que las cosas ayuden a bien (Rom 8:28).

Sarai y Abram aun así recibieron el hijo que tan desesperadamente anhelaban, y Dios resolvió el problema de Agar a pesar de la negativa de Abram a meterse en la solución del problema.

Ningún problema es demasiado complicado para Dios si uno está dispuesto a permitirle que lo ayude.

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